Mil ilusiones

31.10.06

Y...

Algunos lo saben -otros no-, pero hace un par de semanas empecé a trabajar de profesor de Lengua y Literatura. Si bien sigo cursando la carrera, al tener más del cincuenta por ciento de las materias aprobadas estoy habilitado a dar clases.
Tomé mi primer curso: una suplencia de apenas dos días en un séptimo grado de una escuela de Florida. Lo primero es lo primero, pensé y armé una clase en la que destinaríamos una hora para presentarnos. Consistía en decir nombre, edad, cosas que gusten y cosas que no, primero oralmente, luego por escrito. Después, podríamos hacernos preguntas. Una vez terminada la presentación, los chicos empezaron a preguntar "¿está casado?", "¿de que cuadro es?", etcétera. Una de las blancas palomitas me pregunta por qué elegí ser profesor y de "una materia tan aburrida como Lengua. Sonreí y le contesté "Lengua y Literatura, por que me encanta leer... y soy profesor porque no me resigno a dejar de creer que este mundo puede ser mejor, y que se puede lograr más desde la educación que desde la política y la violencia..." Algunos asintieron, otros se rieron, alguno cuchicheó algo por lo bajo. Pero me quedo con Julián, un enano que desde su metro veinte y con toda la candidez de sus doce años, me preguntó boquiabierto: "¡¡¡¡ Profe!!!! ¿¿¿¿Usted es un hippie????"
No lo soy, pero desde entonces, ese es otro motivo por el cual digo que elegí ser docente.

19.10.06

Pandemonium

si, si, ya sé que no es nuevo... pero ando con muy poco tiempo, y además hay mucha gente que no lo leyó... besosssssss
Pandemonium
Primero el horror. El miedo, el espanto, el dolor causado por advertir lo inadvertible, por comprender lo incomprensible, por vislumbrar que la realidad no es más que una pantomima que algo o alguien manipula a su antojo, sin percibir que los hilos de los que se vale el destino para designar nuestras vidas nada tienen de azarosos; que todo está maniobrado, minuciosamente calculado, que no existen las casualidades, y que éstas son sólo excusas que utiliza la gente para explicar a las reales y palpables causalidades, los caprichos del porvenir. Ahora todo parece vulnerable, insignificante, pero a la vez -contradictoria y paradójicamente a la vez- excesivamente complejo, estructurado. El mundo, antes tan enmarañado, oscuro y misterioso, ahora puedo comprenderlo con una claridad, con una sencillez que jamás había imaginado.Y después, inmediatamente seguido al horror por comprender lo incomprensible, por advertir lo inadvertible, me enfrento a tu bronca, tu rencor, tu despecho, tu repentino desamor, producto de tu inocente y disculpable ignorancia sobre la verdad de las cosas, aún sin saber, sin haber descubierto que todo lo sucedido no fue sino una de esas tantas e imperceptibles cadenas de causas y consecuencias. Pero a tus condenas y acusaciones –entendibles, por cierto, pero equivocadas-, inquietantes, inquisidoras, no las tomo como agresiones sino con dulzura, con la ternura con la que se reciben las incoherentes recriminaciones de los niños, sumidos en la ingenuidad, en la inexperiencia de lo que los rodea, con la virginidad propia del desconocimiento causado por ignorar la verdad, que no podemos hacer nada por evitar a esta vil treta jugada por la providencia, que los accidentes no existen, que todo lo que sucede son sucesiones de hechos relacionados entre sí, entretejidos como una telaraña, que yo no soy el culpable de nada.Y justo en el preciso y maravilloso momento en que a fuerza de besos, abrazos y consuelos, logro que entiendas que ya nada puede ser malo, que eternamente vamos a estar juntos por más extraño y desagradable que se sea este lugar, cobran intensidad las luces a nuestro alrededor, el sonido de las voces que resuenan en nuestras cabezas, haciendo lo posible por sacarnos de este letargo en el que nos encontramos. Los gritos, la desesperación, la agitación. Y luego, de golpe, como una visita no esperada ni deseada, llega el silencio. La quietud total, absoluta, pacificadora, pero a la vez –nuevas contradicciones y paradojas- amenazan con destruir todo lo que logramos hasta este instante. Todo lo que ahora se ve tan frágil, tan delicado como las alas de una mariposa, y a la vez tan sistematizado, monstruosamente organizado, que alguna gente equivocadamente llama vida y nosotros ahora llamaremos muerte, se ve intimado por este abrumador mutismo en el que lo único que se escucha es el imaginario galopeo de aquello que eran nuestros corazones –el tuyo más agitado que el mío-, y el sonido de nuestros pasos al avanzar tomados de la mano por este pedregoso terreno, este espinoso sendero que quién sabe dónde diablos terminará.